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¿Debemos seguir impulsando derechos sin obligaciones?

SALVADOR HERNÁNDEZ VÉLEZ

SALVADOR HERNÁNDEZ VÉLEZ es ambientalista, académico, escritor y senderista. Ex Rector de la Universidad Autónoma de Coahuila.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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El modelo económico del bienestar se ha agotado. El nuevo orden económico que corresponde a este mundo globalizado no ha terminado de cuajar. La gente hoy vive con muchos más riesgos en su vida porque las cosas que antes estaban más o menos aseguradas (como el trabajo, la atención sanitaria y la pensión) ahora son inciertas.

La vida de los jóvenes se vislumbra mucho peor que la de sus padres. Los derechos sociales siguen en picada. En consecuencia, en este primer cuarto del siglo 21, el mundo ha cambiado más rápido que nuestras instituciones de educación, empleo, seguridad social e igualdad de oportunidades.

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Después del cambio de los modelos económicos anteriores (el clásico, el de la oferta y la demanda), los periodos de crisis que estos generaron fueron cortos y sus impactos menos graves; no fueron tan complejos ni tan inciertos.

Hoy, ante este entorno tan impredecible, donde cada día aumentan los problemas y los agravios, es pertinente preguntarnos: ¿qué tipo de sociedad queremos?, ¿qué nuevo contrato social podemos construir? ¿O ninguno?

Hoy vivimos una situación muy diferente al periodo del bienestar, en el que nos educaron con deberes que debíamos cumplir: respeto a nuestros padres, a los mayores, a los profesores, a la familia y a los compañeros de estudio y de trabajo.

También se debía ayudar en las tareas domésticas. En la actualidad, se privilegia el respeto a los derechos de los niños y de los jóvenes y, en aras de la libertad, se postergan las responsabilidades. Necesitamos una cultura que retome las obligaciones en armonía con los derechos.

Dice un amigo que para que los hijos no molesten, sus padres les proporcionan un celular o una tablet sin orientación alguna ni revisión de los contenidos con los que se entretienen. La mayoría de las veces no se les educa ni se les inculcan valores para convivir en sociedad, de modo que sólo interactúan con el aparato digital que, en la mayoría de los casos, los aísla del mundo real.

Hoy se ha perdido el respeto tanto en el ámbito familiar como en el escolar y el ciudadano, lo que afecta la convivencia social. Los referentes de autoridad que existían se desmoronan y no hemos construido nuevos modelos que los sustituyan. De hecho, la figura de autoridad moral que representaba el maestro se destruyó, sin que se haya erigido una alternativa acorde con la realidad de la era digital.

Seguimos postergando las necesidades de cambio que demandan los procesos formativos de la niñez y las juventudes. Estamos conscientes de que buena parte del problema lo genera el formato del sistema educativo que tenemos desde hace cientos de años. Ese modelo educativo ha sido incapaz de resolver los desafíos que en el mundo digital tienen los estudiantes y los padres de familia. Pero la acelerada vida que llevamos no nos permite atender estas problemáticas.

Una maestra de nivel medio superior comentaba que las generaciones de hoy son muy diferentes: tan sólo en estos días, cuatro de sus estudiantes que se sentían mal entraron en crisis durante las clases.

Ante esto, se pregunta qué está pasando, pues no hay semana sin que alguno de sus alumnos manifieste deseos de suicidarse, dañarse o enfrente un cuadro de ansiedad.

Al respecto, un profesor de secundaria manifestaba que, frente a un escenario tan complejo, actualizar los protocolos de actuación no es suficiente. Y cuando estos marcos normativos no alcanzan, se preguntan: ¿qué hacer?

Mientras que se ponen de acuerdo, algunos docentes compran gas pimienta o dispositivos de descarga eléctrica para su defensa personal, pero el problema sigue latente y creciendo.

El esquema autoritario impuesto en la enseñanza desde hace siglos hace que el docente, de forma inconsciente, actúe más como una figura de autoridad que como profesor.

Sin embargo, en el segundo cuarto del siglo 21, ¿ese es el tipo de maestro que requerimos? ¿En cada familia será suficiente contar con una mamá administradora del hogar y con un papá proveedor? O bien, ¿qué tipo de instituciones, figuras y formas se requieren?

Para hacer más complejo el problema: ¿cómo armonizar hoy una de las máximas del sistema capitalista, que es la libertad de elección, si la posibilidad de ejercitarla en toda su amplitud está en función de la renta o de la capacidad de endeudamiento de cada persona?

Muchas preguntas y pocas respuestas. Así estamos.

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