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Narrativas

Las celebraciones de independencia nacional suelen presentar una versión sanitizada de los movimientos armados que conquistaron esas victorias.

Por lo general, le restan énfasis a las acciones armadas contra la población colonizadora. No puedo pensar en ningún caso donde la independencia se haya dado de forma natural, pacífica y armónica.

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Los colonizadores nunca han renunciado a su poder por cuestiones éticas. Las guerras de independencia de América Latina fueron largas y sangrientas.

En México, los líderes insurgentes ordenaron o dieron el visto bueno a ejecuciones de gachupines y criollos ricos. En las distintas regiones de Asia, las guerras de liberación nacional de varios países entrañaron la pérdida de millones de vidas.

El mito de la resistencia civil pacífica de Gandhi frecuentemente pasa por alto o subestima las etapas de lucha armada que se dieron en diversas partes de la India en la primera mitad del siglo XX. La realidad es que el costo humano de esa independencia fue inconmensurable.

Ni que decir de China, Indochina (partida en tres países), etc. África pudo beneficiarse del colapso de los imperios, pero también es cierto que algunas de las guerras de liberación más asombrosas tuvieron lugar ahí.

Pensemos en el caso de Argelia, donde la población nativa se unió para expulsar a los franceses a punta de pistolas y bombas. Fue una lucha larga, devastadora y muy cruenta.

En todos los casos, los revolucionarios hicieron cosas que nos pueden parecer moralmente repugnantes a quienes nunca hemos tenido que sacrificar nada por una causa superior, pero desgraciadamente esos actos fueron necesarios para producir el resultado que es motivo de tantas celebraciones: la soberanía, la autodeterminación, el fin del colonialismo.

Quisiéramos que hubiera otro modo, pero la historia nos dice que ese es el único modo. La violencia nos puede dar repulsión, pero nunca tendremos la autoridad moral para condenar a los pueblos que hacen uso de ella para acabar con sus colonizadores.

Los insurgentes pueden prescindir de nuestra humilde, moralista y desinformada opinión para seguir adelante.

Hace 216 años comenzó en Nueva España el movimiento armado que logró unificar a indígenas de decenas de grupos étnicos, afrodescendientes, castizos, mestizos, crjollos y hasta algunos peninsulares para independizar el territorio de esas sanguijuelas extractivistas que lo administraban desde España.

Aunque la guerra fue descarnada por diez años, al final los novohispanos se unieron en uno de esos rarísimos momentos en la historia de México donde nos hemos puesto de acuerdo en algo. El nuevo país comenzó siendo el Imperio Mexicano.

Ojalá tomemos inspiración de nuestros antepasados. Que por una %#*+ vez en la vida nos volvamos a poner de acuerdo en liberar a México de sus opresores. Vivan los que murieron para que viviéramos!

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Adela Cedillo

Doctora en Historia de América Latina por la Universidad de Wisconsin-Madison Es licenciada en Historia y maestra en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado artículos en revistas indexadas y de divulgación y capítulos en obras colectivas sobre la guerra sucia mexicana, las organizaciones armadas revolucionarias, los derechos humanos y la guerra contra las drogas. Tw @Eliseirena

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autora, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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