En , de:

El divorcio imaginario

Gerardo Hernández

GERARDO HERNÁNDEZ es periodista desde hace más de 40 años en Coahuila. Director General de Espacio 4.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

MÁS EDITORIALES, ARTÍCULOS Y REFLEXIONES EN ASÍ DICE

La característica histórica de los relevos presidenciales en el régimen del PRI y en la transición con el PAN fue la ruptura. Lázaro Cárdenas puso fin al Maximato cuando exilió a Plutarco Elías Calles.

Décadas después, Carlos Salinas de Gortari emigró recién iniciado el Gobierno de Ernesto Zedillo para no correr la misma suerte que su hermano Raúl, a quien la Procuraduría General de la República (PGR) detuvo por el asesinato de José Francisco Ruiz Massieu y enriquecimiento ilícito.

LEE MÁS DEL AUTOR GERARDO HERNÁNDEZ GONZÁLEZ

Ambos fueron los casos más notorios de divorcio político.

Más tarde, Felipe Calderón se distanció de Vicente Fox antes de detentar la Presidencia; en cambio, pactó con Enrique Peña Nieto una salida «decorosa».

El acuerdo habría incluido, según Andrés Manuel López Obrador, la exoneración del exgobernador Humberto Moreira, acusado en su momento por la PGR de «enriquecimiento ilícito» y «operaciones con recursos de procedencia ilícita». AMLO fue indulgente con Peña, cuyo Gobierno resultó ser uno de los más venales.

En su toma de posesión le agradeció por no haber intervenido en las elecciones de 2018, como sí lo hizo Fox 12 años antes para arrebatarle la Presidencia e imponer a Calderón. López Obrador lo justificó bajo su premisa: «si abrimos expedientes (por actos de corrupción), no habría juzgados ni cárceles suficientes».

Los presidentes del PRI y del PAN solían interponer un muro infranqueable entre ellos y sus antecesores para alejarlos del poder y evitar influencias nocivas. Máxime si, como en los casos de Zedillo у Calderón, existían agravios de por medio.

Los expresidentes preferían retirarse y hacer mutis para no exponerse. Entre ellos no había crítica ni reconocimiento alguno, al menos en público; la ruptura se aceptaba por ser una regla no escrita del sistema.

Con el ascenso de Morena a la Presidencia, las cosas cambiaron. López Obrador preparó oportunamente a Claudia Sheinbaum para sucederle. Sus antecesores -a partir de Salinas- no pudieron hacerlo porque las circunstancias se los impedían: las cúpulas de sus respectivos partidos se habían dividido y la desconexión con sus bases de apoyo se pagó caro en las urnas.

López Obrador ha calificado a Sheinbaum como «la mejor Presidenta del mundo» y «muy superior a mí». Los halagos del mentor -que en el fondo se dirigen a sí mismo-son correspondidos por la alumna aventajada: «Es el dirigente político y luchador social más importante en la historia moderna», afirmó en su toma de posesión.

No existen visos de ruptura porque, además de las coincidencias políticas e ideológicas, los une el proyecto social por el cual llegaron al poder con las más altas votaciones. La reaparición o presencia de AMLO en el panorama público no responderá a un afán de subordinación, sino a la consolidación de un proyecto colectivo que no necesita matar al padre para gobernar.

AMLO pidió el voto por Morena y autorizó el uso de su imagen (protegida bajo las figuras de propiedad industrial y regulación electoral) para ese propósito.

¿Pueden hacer lo mismo Peña, Calderón, Fox, Zedillo y Salinas? Están en condiciones, sí, pero ¿el beneficio para los candidatos del PRI y el PAN sería mayor que el daño? Difícilmente, pues las preferencias por Morena se deben, en buena medida, a los errores y al recuerdo que ellos dejaron entre los mexicanos. En Estados Unidos sucede lo mismo.

Irónicamente, uno de los factores que ha dinamizado la movilización del electorado demócrata -y la polarización del voto latino- en los procesos electorales es la retórica y la figura del presidente Donald Trump.

Comentarios