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El Chicuicuis

Francisco Tobías

Egresado de la UdeC, Master en Gestión de la Comunicación Política y Electoral por la Universidad Autónoma de Barcelona, el Claustro Doctoral Iberoamericano le otorgó el Doctorado Honoris Causa. Es también maestro en Administración con Especialidad en Finanzas por el Tec Milenio y actualmente cursa el Master en FinTech en la OBS y la Universidad de Barcelona.

Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx

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En esta ocasión te platico la historia de un Saltillense por adopción, una historia que con seguridad abrirá el cajón de los recuerdos de muchísimos Saltillenses, pues se trata de la historia de José León González Tamayo que bien todos recordamos mejor por su apodo: “El Chicuicuis”.

Nacido el 30 de junio de 1930 en el ejido Vanegas de San Luis Potosí, llega a nuestra hermosa ciudad en busca del sustento a la edad 25 años, como vendedor de cortes de casimires.

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Se estableció sobre la calle de Aldama, casi casi donde topa Manuel Acuña, en un local extremadamente pequeño, colocando sus primeros casimires sobre unas maderas las cuales estaban sostenidas con clavitos. Precisamente durante esos días nació el sobrenombre que lo acompañaría el resto de sus días.

La anécdota es la siguiente: José León contrató a un rotulista para poner un letrero con el nombre del negocio, José iba de salida a comer cuando el rotulista llegó y le preguntó: ¿y cómo se llama el negocio?

A los que el vendedor le dijo: “Ponle como quieras, este lugar esta muy Chicuicuis”. José se fué, comió y cuando regresó vio que mucha gente miraba el cartel, el cual decía: “El Chicuicuis”.

Sólo estudió hasta 4º grado de primaria, precisamente en San Luis Potosi. Hijo del maquinista Placido González Arellano y de doña Camila Tamayo, el Chicuicuis fue el menor de 6 hermanos.

Aquí en Saltillo con María Magdalena Alcazar Aguilar procreó 4 hijos, educándolos él sólo: Carlos Arturo, José Adrián, Patricia Magdalena y José Léon, a quienes además de amor les dio, por supuesto, cariño, pero también educación, ejemplo y sustento.

Me platicó su hija Patricia Magdalena que un recuerdo recurrente sobre su padre “El Chicuicuis” es cuando todas las mañanas, además de prepararles el almuerzo, él personalmente les planchaba sus uniformes.

Para mediado de la década de los 60´s del siglo pasado, buscando un espacio más amplio para su negocio, le rentó el local marcado con el número 207 de la calle de Padre Flores a don Fernando Dávila, siendo vecino de Aguiso.

El teléfono era el 416 – 60. El Chicuicuis aseguraba que su negocio era una bonetería y quiero aclararle estimada y estimado Saltillense, porque me puse a investigar, que una bonetería no es un negocio que vende solamente botones, sino es el comercio dedicado a la venta de ropa interior, calcetines, medias, prendas de punto y artículos de mercería, aunque “El Chicuicuis” vendía además piñones, quesos, nueces, manzanas y demás, productos que eran el pago de la venta a la gente de los ranchos, a quienes nunca les hizo notas de adeudo.

Tan buen vendedor era que, en cierta ocasión, de viaje con sus hijos, al descomponerse su vehículoaño 63, abrió la cajuela y vendió los sarapes que tenía y que había olvidado bajar en la tienda.

Fue amigo de los comerciantes del centro de aquella época, amante de comer cabrito y birria, hombre de mucha fe, siendo incluso integrante de los “cursillistas de colores” con el padre Chapo.

Además fue creador de frases como “aquí está el baratero de México”, o cuando había mucha gente se le oía decir: “Santa Librada, cuánta gente, pero si no compran nada”.

Antes de llegar a Saltillo trabajó en los “yunites” como chef, donde además de aprender a cocinar aprendió lo que es la solidaridad, por ello no era de extrañarse que en el negocio siempre tuviera ollas con comida, la cual era para sus clientes que venían de los ranchos, y para sus amigos.

Esta es la historia de un comerciante Saltillense quien además fue manager de boxeo, chef, integrante del mutualismo, bailarín —pues bailó en la Plaza México con el mismísimo Resortes—, católico, altruista, un excelente amigo y mejor padre, sin olvidar que era un estratega de las ventas.

El Creador necesitaba de un vendedor en el paraíso, cuando volteó a la tierra, no dudó en llevarse al mejor a don José Léon González Tamayo, “El Chicuicuis”, quien desde el 30 de noviembre de 1995 se dedica a la vendimia en el cielo.

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