
Jaime Martínez Veloz
Luchador social, politólogo, incómodo al poder, ex legislador.Presidente del Centro de Estudios y Proyectos para la Frontera Norte “Ing. Heberto Castillo Martínez”.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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La foto me petrificó. No por quienes aparecen en ella. No por el documento que cambia de manos. No por la solemnidad de la oficina, la madera pulida o la pequeña bandera mexicana que parece vigilar la escena.
Me petrificó porque la memoria es un animal extraño. A veces duerme durante años y despierta de pronto con una sola imagen.
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Entre el 14 de enero de 2013 y el 8 de enero de 2018 recorrí los senderos ásperos de 335 conflictos indígenas. Trescientas treinta y cinco veces hubo que escuchar agravios acumulados durante décadas. Trescientas treinta y cinco veces hubo que buscar que la palabra llegara antes que la piedra, antes que el machete, antes que la bala.
Entre otros lugares, estuve en la Costa Chica y la Montaña de Guerrero, los Altos, el Soconusco y la Zona Norte de Chiapas, en Nochistlan y los Valles Centrales de Oaxaca, en el Mar de Cortes con los Cucapa, los Kiliwas, Pai Pai y Kumiai de los Pueblos Yumanos de Baja California, los Tohono O’odham de Sonora y Arizona, con el Pueblo Yaqui, los Rarámuri de Chihuahua, los Coras y Wirrarikas de Nayarit, los Nahuas del Edomex y la Ciudad de México, los indígenas migrantes mixes, zapotecos y mixtecos en California, en la Zona Norte y la Sierra Negra de Guerrero, con los Mayas de Montes Azules, los Mayos de Sinaloa, los Jornaleros de San Quintín Baja California, en la Galeana de Ocosingo, en Oxchuc, en Tzutzben de San Andrés Larrainzar, en los poblados de la Realidad y Guadalupe Tepeyac, en el Municipio de las Margaritas Chiapas, en la tierra caliente con los purépechas de Michoacán y en tantos lados donde aprendí mucho de cada pueblo y en donde al final de cuentas el diálogo se impuso como método para procesar diferencias y construir acuerdos.
Y todavía hoy me parece un milagro sencillo y enorme: no hubo una sola persona fallecida en esos 335 conflictos.
Hubo noches tensas. Hubo amenazas. Hubo caminos polvorientos recorridos bajo la incertidumbre. Hubo regiones donde el aire olía a pólvora y a resentimientos antiguos.
Hubo confrontaciones que pudieron terminar en tragedia.
Tal vez el muerto iba a ser yo. No lo sé.
Lo que sí sé es que, al iniciar 2018, mi glucosa rebasaba los doscientos puntos y el cuerpo comenzaba a cobrar la factura de tantos años de tensión, de viajes, de mesas de diálogo y de crisis que parecían no tener salida.
Después vino la manga gástrica. Vino la disciplina. Y vino la vida reclamando otra oportunidad.
Pero esa no es la historia.
La historia es una fotografía.
Un presidente que durante años fue retratado como símbolo de frivolidad aparece sentado frente a un maestro indígena que había pasado años encarcelado: Alberto Patishtán.
Y entonces la fotografía plantea una pregunta. No una respuesta. Una pregunta.
¿Cuántos opositores han sido escuchados cara a cara por quienes llegaron después? ¿Cuántos adversarios políticos han sido recibidos, no para rendirse, no para intercambiar elogios, no para la fotografía de ocasión, sino simplemente para escucharse?
Porque la democracia no se mide cuando uno conversa con los amigos. Para eso sirve cualquier sobremesa.
La democracia se pone a prueba cuando uno se sienta frente a quien piensa distinto. La fotografía parece susurrarlo desde el pasado.
A un lado está el poder. Al otro, la disidencia. Entre ambos no hay unanimidad. No hay obediencia. No hay coros.
Hay algo mucho más difícil. Hay diálogo. Pero hay algo todavía más preocupante que la ausencia de diálogo entre gobernantes y opositores.
Es la enfermedad nacional de la polarización. Un país dividido entre buenos y malos.
Entre patriotas y traidores. Entre pueblo y enemigos del pueblo. Entre conservadores y transformadores.
Entre nosotros y ellos.
La polarización es una fábrica de sordera. No busca convencer. Busca descalificar. No produce argumentos.
Produce etiquetas.
Y cuando una sociedad empieza a etiquetarse en lugar de escucharse, la verdad deja de importar. Lo único que importa es desde qué trinchera habla cada quien.
Lo vi en comunidades indígenas. Lo vi en conflictos agrarios. Lo vi en disputas territoriales donde parecía imposible construir acuerdos.
El primer paso hacia la confrontación no era la violencia. Era algo más simple. Era dejar de reconocer humanidad en el otro.
Cuando el adversario deja de ser una persona y se convierte en un enemigo, el diálogo muere. Y cuando el diálogo muere, tarde o temprano aparece alguna forma de violencia. Por eso resulta tan peligrosa la celebración permanente de la división.
Porque ningún país puede construir un destino común si todos sus habitantes son obligados a escoger una trinchera. México necesita menos creyentes y más ciudadanos.
Menos fanáticos y más interlocutores. Menos aplauso automático y más pensamiento crítico.
Porque la democracia no consiste en que todos piensen igual. Consiste, precisamente, en lo contrario: en encontrar la manera de convivir cuando pensamos diferente.
Hay una ironía que recorre los pasillos de la historia mexicana como un fantasma burlón. Durante años se nos dijo que el antiguo régimen era autoritario, distante y sordo.
Y, sin embargo, ahí está la fotografía. Un presidente sentado frente a un opositor indígena y escuchándolo.
Hoy, quienes llegaron prometiendo abrir de par en par las puertas de la democracia parecen cada vez más cómodos hablando desde la tribuna que escuchando desde la mesa.
La discrepancia suele ser clasificada como traición. La crítica, como conservadurismo. La duda, como enemistad.
Tal vez el problema no sea la falta de diálogo. Tal vez el problema sea que ya sólo se dialoga con los propios.
Y entonces el poder deja de escuchar. Y cuando el poder deja de escuchar, empieza a hablar consigo mismo.
Se mira al espejo. Se aplaude. Se da la razón. Y termina creyendo que el reflejo es el país. Pero México no vive en los espejos del poder.
México vive en las comunidades indígenas, en los ejidos, en las colonias olvidadas, en los barrios fronterizos, en las montañas, en los desiertos, en esos lugares donde el desacuerdo sigue siendo una forma de resistencia y donde la palabra todavía vale más que el aplauso.
Por eso esa vieja fotografía resulta tan incómoda.
Porque muestra algo que hoy parece cada vez más escaso: la voluntad de escuchar a quien contradice al poder. Mientras las redes sociales se llenan de ejércitos digitales, de fanáticos que reparten certificados de patriotismo y condenas de traición, México sigue esperando una escena sencilla:
Una mesa. Dos sillas. Y dos personas que no piensan igual. Quizá por eso la foto me petrificó. Porque no reivindica a Peña Nieto. Tampoco absuelve a su gobierno.
Lo que hace es exhibir una contradicción del presente. Durante años se nos repitió que el viejo régimen era incapaz de escuchar. Sin embargo, ahí está la imagen.
Un opositor indígena sentado frente al presidente de la República. Conversando.Siendo recibido. Siendo escuchado.
En cambio, en el México de la polarización, parecería que escuchar al adversario se ha convertido en una forma de herejía. El país pasó de discutir ideas a clasificar personas.
Ya no importa lo que dices. Importa de qué lado estás. Ya no importa el argumento. Importa la etiqueta.
Y cuando la política se convierte en una guerra de etiquetas, el diálogo deja de ser una virtud democrática y empieza a ser considerado una traición.
Ahí comienza la decadencia de cualquier proyecto político. No cuando pierde elecciones. No cuando enfrenta críticas. Sino cuando deja de escuchar.
Después de recorrer 335 conflictos indígenas aprendí algo muy simple: nadie resuelve un conflicto hablando solamente con quienes están de acuerdo.
Nadie construye la paz escuchando únicamente a los suyos. Nadie transforma una nación rodeándose de aplausos.
Por eso la pregunta sigue ahí, incómoda, atravesada en la garganta de la vida pública mexicana:
Si Enrique Peña Nieto pudo sentarse frente a Alberto Patishtán, ¿por qué Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum parecen mucho más cómodos frente a simpatizantes que frente a opositores?
Porque la verdadera prueba del poder nunca ha sido su capacidad para movilizar multitudes. La verdadera prueba del poder es sentarse frente a quien lo cuestiona.
Escucharlo. Mirarlo a los ojos. Y responderle sin insultarlo, sin descalificarlo y sin convertirlo en enemigo de la patria.
Hasta ahora, la fotografía que demuestre eso para la Cuarta Transformación sigue sin aparecer. Tal vez porque no existe.
O, quizá, porque hay gobiernos que temen más a una silla ocupada por un crítico que a una plaza repleta de seguidores.