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Obras sin votos

GUILLERMO ROBLES RAMÍREZ

Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023.

Fíjense ustedes que cuando el frío de la sierra empieza a bajar en este noviembre por las calles de Saltillo, tiñendo el cielo norteño con ese gris plomizo tan propio de la temporada, uno no puede evitar mirar el suelo y pensar en lo que nos falta.

Pues la cosa es que llevamos décadas cargando con el mismito problema cada que el cielo decide abrirse sobre nuestras treinta y ocho cabeceras municipales. Es una historia vieja que se repite desde los tiempos de la Carbonífera hasta las tierras áridas de La Laguna.

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La lluvia cae y de inmediato brota la hueva burocrática convertida en parálisis urbana. El agua corre desbocada porque durante generaciones se ha confundido, a veces por pura ignorancia y otras con total dolo, el drenaje sanitario con el drenaje pluvial. No son lo mismo, usted lector lo sabe bien, pero a las autoridades locales les ha parecido muy cómodo justificar su inacción mezclando los sistemas.

Desde aquel lejano año de 2011, cuando se cacareó con bombo y platillo una inversión de cincuenta y dos millones de pesos a cargo del entonces alcalde Jericó Abramo Masso para construir ocho kilómetros de colectores en la capital, la parálisis se instaló en los escritorios de los palacios municipales.

Aquel chistecito demostró que sí se podía meter mano al subsuelo para salvar patrimonios. Es verdad que luego vinieron anuncios rimbombantes, como los miles de millones proyectados para el sistema integral de Torreón en años recientes, pero esos recursos terminan entrampados en el papeleo o ejercidos a cuentagotas… Al día de hoy, en pleno 2026, seguimos esperando que los actuales ediles de la entidad tengan una pizca de voluntad política o de perdida las ganas de sacar al buey de la barranca.

Se pasan de lanza, oiga. La justificación que corre en el argot político de los pasillos municipales es siempre la misma. Dicen los que saben de mañas electorales que las obras pluviales no se ven. Sostienen con un cinismo que asusta que enterrar el dinero público en tubos no rinde votos porque la ciudadanía no aplaude lo que queda bajo el pavimento.

Al contrario, se quejan de que abrir las zanjas causa molestias temporales a la población, obliga a inhabilitar calles comerciales y desata el enojo de los vecinos. Qué bárbaro, oiga, prefiérase entonces mantener el relumbrón de la superficie antes que solucionar las crisis estructurales.

Esa apatía se ha vuelto la constante en los ayuntamientos de Coahuila. Los alcaldes prefieren voltear hacia otro lado en lugar de buscar un acercamiento real con el gobierno del estado para mezclar recursos o de plano rascarles a los ingresos propios de la recaudación local. Es más fácil estirar la mano o echarle la culpa al presupuesto que diseñar un proyecto técnico serio.

Mientras tanto, las familias de las colonias más vulnerables rezan cada que se nubla el panorama. Las calles se convierten en arroyos bravos que arrastran coches y destruyen el asfalto que con tanta gracia pavimentaron dos meses antes para la foto oficial.

La infraestructura subterránea sigue siendo el prietito en el arroz de las plataformas políticas. Nadie quiere asumir el costo de incomodar al electorado durante unos meses de construcción, aunque eso signifique dar certidumbre a miles de hogares… Es un cálculo mezquino que prioriza la próxima campaña sobre la seguridad de las familias que gobiernan.

Nos encontramos en un punto donde la vieja burocracia de las dependencias municipales parece ciega ante el crecimiento de la mancha urbana que cubre el desierto con concreto e impide que el agua se infiltre de forma natural.

Se siguen autorizando fraccionamientos sin exigir las debidas obras de mitigación hidráulica. Total, el problema le estallará al que venga detrás. Prefieren que la gente recuerde el nombre del edil en una placa de plaza pública o en un recarpeteo de relumbrón que en la tranquilidad de una noche de tormenta sin inundaciones.

El pretexto de la molestia ciudadana por las zanjas abiertas es la salida perfecta para ocultar la incapacidad de gestión. Si echamos la mirada atrás, nos daremos cuenta de que el verdadero liderazgo se demuestra metiendo las manos donde los demás no se atreven…

¿Seguirán nuestros alcaldes escondidos detrás de la cómoda excusa de las obras invisibles mientras el agua nos llega al cuello?

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