
SALVADOR HERNÁNDEZ VÉLEZ
SALVADOR HERNÁNDEZ VÉLEZ es ambientalista, académico, escritor y senderista. Ex Rector de la Universidad Autónoma de Coahuila.
Este texto es responsabilidad única, total y exclusiva de su autor, y es ajeno a la visión, convicción y opinión de PorsiAcasoMx
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En el artículo anterior comenté sobre la cuarta revolución industrial que estamos padeciendo: el mundo cambia a una velocidad que no le damos alcance.
Es una revolución digital y global que transforma radicalmente la producción de bienes y servicios, que ha hecho a la comunicación masiva e instantánea e impacta directamente a las empresas, la economía y a la sociedad en general.
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El mundo está cambiando muy rápido, pero nuestras instituciones no. Las transformaciones disruptivas que estamos viviendo son muy complejas y aceleradas y, a la vez, traen consigo nuevos retos y problemas inimaginables para los que hay que diseñar nuevas soluciones de forma inmediata, pero paradójicamente, cuando se empiezan a analizar, ya se está generando otro problema.
Por ejemplo, hace más de un mes, dos hermanos jóvenes atacaron a integrantes de una escuela en el ejido La Unión, en Torreón, Coahuila. Lamentablemente, falleció la subdirectora y otras cuatro personas sufrieron lesiones graves.
Los medios de comunicación y las redes sociales se llenaron de infinidad de puntos de vista y exigencias sobre este atroz acontecimiento. Las opiniones al respecto se orientan a que detrás de estos hechos se encuentra un contexto de desintegración familiar e indicios de fanatismo, inspirados y disfrazados de ideologías violentas auspiciadas, en cierta forma, en el entorno digital.
Las instituciones educativas, de salud y de seguridad pública no han ofrecido hasta ahora un diagnóstico integral de ese acontecimiento que permita reformular estrategias e implementar nuevas políticas públicas acordes a la realidad, capaces de atender de fondo este complejo fenómeno.
Es importante dejar en claro que este no es un tema aislado, sino uno más de los problemas estructurales que hoy nos acechan en un mundo digitalizado y globalizado.
Antes de este mundo digital existían mecanismos y formas de intervención colaborativa entre las diferentes instituciones: familia, escuela, judiciales y religiosas. Si un estudiante cometía una falta y en la escuela le aplicaban un correctivo, cuando se quejaba con sus papás, no tenía eco.
Había un pacto tácito entre profesores y padres de familia para corregir y reorientar al niño, es decir, había confianza en el maestro.
Hoy, cuando un alumno es reconvenido en el centro educativo, los papás al día siguiente acuden con los profesores a reclamar y terminan confrontados con ellos. Así, el niño hoy es tratado de dos formas diferentes ante un acto de indisciplina; antes había un sólo criterio.
Si bien los padres están en lo correcto al exigir que se respeten los derechos y libertades de sus hijos, no es suficiente. Se requiere transformar el diseño autoritario del modelo educativo explicador y cambiar las formas pedagógicas de los maestros.
La pregunta es: ¿lo pueden lograr los profesores sin reformar el esquema autoritario de la enseñanza y sin la ayuda de los padres y de las autoridades?
En la sociedad actual, el estudiante debe desarrollar la autonomía en el estudio porque ya no se aprende para toda la vida y el trabajo ya no es para siempre. Hoy se necesita un proceso constante de reaprendizaje. Mientras, las instituciones, como la familia y la escuela, están actualmente debilitadas.
La crisis hoy afecta a la sociedad en su conjunto. En “La escuela de la Ignorancia”, Jeanclaude Michéa advierte que este proceso “desintegra las familias, descompone la existencia material y social de los pueblos y los barrios y, de forma generalizada, destruye todas las formas de civismo que, todavía hace unas décadas, condicionaban una parte de las relaciones humanas”.
Hoy hemos avanzado en el reconocimiento de los derechos y libertades de los alumnos, que apuntan hacia un desarrollo emancipador intelectual de los jóvenes. Sin embargo, esas prerrogativas chocan con las prácticas de los docentes, que no se transforman a la par de las nuevas leyes. El propio modelo educativo está estructurado de manera autoritaria: el profesor es autoridad, más que un maestro.
Incluso el aula está diseñada para que el profesor esté por encima y frente al grupo de alumnos, lo que sobredetermina, en cierta forma, algunas prácticas autoritarias de los profesores.
Al mismo tiempo, la confianza en los pilares de la sociedad se encuentra sobre cimientos movedizos.
Por tales razones, hoy se demanda una transformación no sólo de las instituciones, sino también de las mentalidades.