
GUILLERMO ROBLES RAMÍREZ
Premio Estatal de Periodismo 2011 y 2013, Presea Trayectoria Antonio Estrada Salazar 2018, finalista en Excelencia Periodística 2018 representando a México, Presea Trayectoria Humberto Gaona Silva 2023.
Coahuila presume medallas de viento que terminan por asfixiar al ciudadano en la esquina más impensada de nuestras plazas públicas.
Dieciséis años atrás nos pretendían adormecer con el cuento de que éramos un estado único, el milagro semidesértico bendecido por un verdor artificial de discursos oficiales y cifras alegres que aplaudían plantaciones masivas desde Acuña hasta las orillas de Piedras Negras.
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Aquella retórica de los viejos liderazgos del Palacio de Gobierno insistía en colocarnos como la envidia de todo el país por sostener bosques frondosos donde no cae una sola gota de agua, un orgullo de papel bond que la gente compraba a ciegas mientras la verdadera infraestructura se quedaba rezagada.
El tiempo pasa.
Los discursos mutan. La soberbia burocrática local se hereda intacta.
Mire usted cómo se recicla el aplauso fácil en las oficinas de los ayuntamientos en este octubre de 2026. Es innegable que la visión del gobernador Manolo Jiménez ha logrado consolidar a Coahuila como un titán global, seguro y altamente competitivo que camina con pasos de gigante para atraer inversiones extranjeras masivas y generar cientos de empleos formales en la Comarca
Lagunera o en la Región Centro-Desierto.
El dinamismo del ejecutivo estatal es real.
Se nota. Se palpa en las grandes mesas de negociación internacional y en los proyectos de infraestructura de largo alcance.
El problema es que abajo, en el terreno municipal de juego, las dependencias de ecología locales y los cuerpos de inspectores parecen ir en una carcacha destartalada que no le aguanta el ritmo al palacio de gobierno.
La propaganda de los ayuntamientos se estrella contra el suelo de las colonias.
Esa desconexión tan nuestra se mudó con descaro hacia las periferias industriales y las zonas urbanas de la región de La Laguna. Mientras a nivel estatal se empuja la competitividad y la modernización de primer mundo, los inspectores municipales de Torreón operan con la ley del menor esfuerzo económico.
El norteño de a pie tiene que sortear baches de realidad y respirar aire espeso todos los días. Da coraje. El contraste es brutal. Las oficinas de los alcaldes bajan la guardia permitiendo la proliferación de tiraderos de escombro clandestinos, descuidos en el manejo de desechos y acumulaciones ilegales que amenazan el subsuelo que tanto trabajo cuesta mantener limpio en medio del desierto.
Los municipios prefieren voltear hacia otro lado. Esperan que la bomba truene para salir corriendo a tomarse la foto con la cinta amarilla de precaución. Pura fachada local.
La hueva burocrática de los burócratas municipales nos cuesta cara en salud y en entorno. En Torreón se acumulan catorce semanas consecutivas con niveles críticos de contaminación ambiental y mala calidad del aire sin que las dependencias locales muevan un solo dedo para vigilar las emisiones industriales o sancionar a quienes queman basura en terrenos baldíos a plena luz del día.
Una negligencia absoluta que la gente respira en las mañanas y que termina por agravar los padecimientos respiratorios de los niños de la comarca.
Las autoridades locales llegaron tarde a tomar notas con su clásica cara de sorpresa fingida. La historia se repite como un bucle eterno. El ciudadano de la región ya se sabe los diálogos de memoria.
Usted no sale a caminar con pánico colectivo, pero revisa dos veces el entorno de su cuadra para ver si no le brota un basurero irregular en la esquina. Es una resignación norteña, muy de nosotros, donde se prefiere guardar silencio en la mesa del café para no buscarse broncas con los inspectores corruptos que se amordazan por unos cuantos pesos.
Una psicología del avestruz que termina por envenenar el agua de las futuras generaciones. El municipio nos exige cumplir con las licencias y los pagos a tiempo, pero ellos son incapaces de erradicar la mugre ilegal que crece a diestra y siniestra. Las dependencias locales van tarde.
Siempre tarde.
Cargamos la frustración en silencio. El lagunero ya no se indigna por la falta de prevención de los inspectores locales; simplemente ve la nata gris en el cielo al salir de su casa, menea la cabeza con fastidio y sigue su trayecto diario.
Normalizamos el descuido.
La prevención se volvió un mito genial que los alcaldes entierran en sus informes de salida mientras el riesgo nos asfixia.
¿Será que las direcciones de ecología locales van a ponerse a la altura del Coahuila global que lidera el ejecutivo estatal, o de plano ya nos acostumbramos a que el gigante camine cojo por culpa de la negligencia municipal?